Cuando te digo adiós sin querer

Si te quiero o te odio no importa

No te lo digo hasta que las arrugas de las sábanas dibujan el hueco de tu cuerpo

Me muero cada vez que debo dejar que tus cosas desaparezcan

Pero los granos de arena ya se han escapado hacia abajo

¿Recordarás mi rostro o le colocarás la careta de otra persona?

Tu mente arrugará mi imagen o la romperá en trocitos

Todos me sugieren que te diga adiós

Que borre tu mirada

Que fueron dos noches

Que no es tiempo suficiente para sentir

Pero yo siento, río, lloro, follo, abrazo, beso, vibro

Y cuando ya no advierto tu frente en mi nuca

Te digo adiós sin querer

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Eva

Ella sabía que me iba a robar algo, pero yo lo ignoraba, todavía.

Caminé por una calle repleta de gente anónima, fumando y con aire ausente, con mis dos hijos de la mano como todas las tardes, hacia aquel paraíso de árboles y agua en el centro de la ciudad. Los niños me distraían con su parloteo y no me dejaban pensar.

– ¿Papá me compras golosinas?

– Claro que sí, ahora en cuanto lleguemos al parque las compramos.

– ¡Yo también quiero papá!

– ¡Pues compraremos golosinas para todos!

Salía sólo con los niños. A mi mujer ya no la quería, no la deseaba, me producía repulsión, incluso sin pensarlo, lo sabía. Me sentía como una rueda que se precipitaba por una bajada sin fin, lo cotidiano hacía girar mi mente sólo con obligaciones.

Recuerdo una tarde, quizás a mediados de abril, que al entrar en el parque la vi. Se sentó en un banco de madera desteñido, con escamas de pintura, cruzó sus piernas con medias finas como la piel y dejó ver el borde de su falda negra. Hacía frío todavía y ella se tapaba con un abrigo raído verde que soltaba hilitos, como queriendo deshacerse de su dueña, poco a poco. Sus pestañas se distanciaban como las teclas negras de un piano y se inclinaban hacia abajo, hacia el libro que acogían sus muslos.

La tapaban las ramas y las hojas de un manzano que parecía tender sus frutos y tirarlos al suelo para dárselos a ella. Las ramas se movían para rozar con sus hojas sus mejillas. Era una danza casi acompasada, al mismo ritmo que los latidos de mi corazón.

Sus labios eran como una orquídea venenosa abriéndose al deseo y la curva de sus pechos dibujaba en su blusa blanca dos pequeños volúmenes que atraían a mis ojos sin remedio.

No pude parar de mirarla mientras mis hijos jugaban y perdí la noción de los minutos o segundos, la vida transcurría distraída y con mirada bobalicona.

Desde aquella tarde siempre la vi en el mismo banco, leyendo el mismo libro y con una cara de concentración que me pareció fingida y me resultó extraña, como un abismo negro al borde de mis zapatos de cuero.

Un día del mes de mayo se me acercó y me pidió un cigarrillo. Saqué mi paquete de Malboro y le di uno. Al coger el cigarrillo me rozó, en un movimiento que yo intuí voluntario, con la uña de su dedo índice perfecta en su absoluta belleza de manicura francesa.

– Te compensaré.

Dijo con un parpadeo verde que aleteó un rato tras haberse marchado.

No puede aguantar ese verde y miré hacia otro lugar pero no dejé de sentir su perfume a limón y canela. Era una tentación disfrazada de fruta dulce.

Desde entonces sentí cierta culpa. Algo muy extraño y muy pegado a la columna vertebral. Un estallido eléctrico que subía desde la planta de mis pies a mi cerebro y dibujaba arrugas en mis pensamientos. Durante un tiempo no la vi en el parque y con alivio enterré mi absurda culpa debajo de mil almohadas, de forma que la escuchaba amortiguada pero seguía oyéndola.

Soñé tantas veces con ella que me confundía lo real y lo soñado. Pero la sensación de sueño era placentera y deseaba sentirla cada día.

Al amanecer del primer día del solsticio de verano, las almohadas cayeron y mi culpa desapareció. Volví al parque, esta vez sin mis hijos, y ella estaba allí como si el tiempo se hubiera doblado para volver al principio. Atravesé el parque hundiendo mis zapatos en la arena y me senté en el banco de madera junto a ella. Estaba anocheciendo y el parpadeo verde se convirtió en transparente por un momento.

Tendió su mano y me ofreció una manzana, redonda como la curva de su nariz, roja como su lengua, suave como el lóbulo de su oreja. La mordí, como hubiera mordido su boca, con rabia y deseo, jadeando. Sentí el sabor del pecado invadir mi boca, mis dientes, mi mente.

Me cogió de la mano y dijo:

– Ven.

No era posible contestar ni resistirse. Me arrastró sin esforzase hacia la orilla de mi deseo, de un lago en el que me pareció ver una cama bajo el agua y unos diminutos seres verdes y alados que trepaban por mis pantalones. Me sentí con mis pies a unos centímetros del suelo pero la seguí.

Sus manos exploraron la breve distancia entre mi ropa y mi piel y sentí como ella me tendió suavemente en el agua, desnudo, para hundirse en mí. Se formaron pequeñas ondas alrededor nuestro que alcanzaron la orilla, una detrás de otra, dibujando encajes blancos de espuma.

En algún momento mordí sus labios de nuevo y sentí su sangre en mi lengua. Cerré mis párpados ante una irresistible sensación de sueño. El tiempo transcurrió despacio y entre brumas que desdibujaban un traje verde, un metal, hasta que algo profundo y negro tiró de mí.

Al despertarme al mundo, todo era de baldosas blancas, sentí un tremendo dolor en el costado y vi el hielo que me rodeaba en aquella bañera. Sólo alcancé a verla cerrar la puerta. Volvió la cabeza un instante y le hice una única pregunta:

– ¿Tienes nombre?
– Sí.

 

Chocolate ruso

Aquella cocina olía demasiado a limpio, la comida se disfrazaba de olor a lejía y si respirabas allí te picaban los ojos. Echó de menos el orden de su desorden, su limpieza sui generis y su ropa tirada por cualquier parte.

Abrió la puerta blanca de aquella nevera más limpia que un hospital y al instante pudo sentir una revelación, junto con una bocanada de asquerosa lejía: él no había comprado esa tableta, odiaba el chocolate con leche. Era asqueroso y el chocolate blanco aún más. Odiaba el chocolate con leche de Nestle, odiaba los bombones con leche de la Caja Roja, el chocolate Milka y los Huesitos. Cogió la tableta sospechosa y vio a una niña regordeta con ojos de plato azules, un pañuelo sobre la cabeza anudado al cuello y varias letras en cirílico sobre el envase.

El olor a limpio se mezcló con un perfume de flores que ya odiaba y supo que ella estaba allí.

– ¿Quién ha comprado esta tableta? Tiene un dibujo muy raro de una niña con un pañuelo y unas letras que parecen rusas.

– La compré yo ayer por la tarde.

– ¡Pero si a ti tampoco te gusta el chocolate con leche! ¿Dónde has comprado un chocolate ruso?

– Lo compré para probar algo distinto. Fui a El Corte Inglés y la compré. ¿A qué vienen tantas preguntas?

– ¡No, perdona, eres tú la que hace cosas raras! Compras un chocolate con leche que no te gusta, te vas hasta El Corte Inglés a comprarlo ¿y encima ahora me echas en cara que hago preguntas?

– ¿Qué más te da el puto chocolate? ¡Si no te gusta no te lo comas y punto!

– ¡No, y punto no! ¡Es que te estás poniendo histérica! Además, ¿tu ayer por la tarde no estabas en el curso de escritura?

– ¡Si, pero luego fui a comprar el puto chocolate!

– ¡Pero si llegaste a casa tardísimo! ¿Qué pasa que recorriste todos los Corte Inglés de Madrid?

– ¡Joder Manuel! ¡Ya basta con el puto chocolate! ¿Qué coño te pasa?

– ¡A mí no me pasa nada, eres tú que me tomas por gilipollas y eres una puta mentirosa!

– ¡Pero qué dices! ¡Estás paranoico!

– ¿Dónde coño estuviste ayer por la tarde?

– Manuel, ya te lo he dicho, estuve en el curso de escritura y luego comprando el chocolate.

– A ver, enséñame el tiket del Corte Inglés.

– No lo tengo, lo tiré.

– ¡No me lo creo! ¡Una fanática de las cuentas como tú no tira un tiket ni de coña!

– ¡Pues este lo tiré y punto!

– De punto nada. Repito, y es la última vez: ¿Dónde cojones estuviste ayer? ¿Y de dónde ha salido el puto chocolate?

– ¡Qué más te da! ¡A ti te importa una mierda cómo me siento o lo que hago!

– ¡Ahora no te hagas la víctima y responde!

Y la niña rusa y su sonrisa volaron hasta el suelo y cayeron con un golpe seco.

– Estuve con Javier.

– ¿Y quién es el puto Javier? ¿Y por qué le compra a mi novia chocolate ruso?

– Javier es un amigo, estuvo en Moscú y me trajo chocolate.

– Y tú a cambio y como muestra de agradecimiento te lo follaste ¿no?

– ¡No Manuel, no te equivoques, me lo follé porque tengo un novio que es un imbécil integral, que hace meses que desconfía de mí, que no me hace ni puto caso y que no me folla!

– ¡Ya y por eso comes chocolate con leche y te follas a desconocidos!

– Manuel, piensa lo que quieras, Javier y yo echamos un buen polvo y me regaló el chocolate, punto.

– ¡Joder con el puto punto! ¡El punto lo pongo yo porque paso de ti, eres una puta zorra, siempre lo has sido!
Manuel abrió la nevera y empezó a sacar cosas y a tirarlas sobre la encimera impoluta de Silestone.

– Este bombón ¿te lo ha traído Javier de Bélgica? ¿Y este donut de chocolate te lo trajo de Nueva York? ¿Y esta copa de chocolate y nata Danone te la trajo de Mercadona? ¿Y esta botella de cola-cao te la trajo de la puta Italia? ¡Pues sí que debes follar bien para que te regalen tanto chocolate!

Pero Manuel ya hablaba en una cocina desierta e inmaculada. Tan vacía como la cama donde dormiría esa noche y las mil siguientes y la niña rusa del pañuelo le mirada con una media sonrisa que odió tanto como a su novia y al puto chocolate con leche.

Cinco consejos para ligar en internet I: cómo hacer un buen perfil

Últimamente han proliferado las aplicaciones para ligar por internet: Lovoo, Adopta un tío, Tinder, Happn. Cada una tiene sus pros y sus contras (ya las analizaré en otro artículo), pero todas parten de la base de que te tienes que crear un perfil con una descripción de ti mismo y unas fotos.
Pues algo que parece tan sencillo no se hace bien, a veces por dejadez, pero creo que en la mayor parte de los casos por falta de sentido común.
Tengo un poco de experiencia en estos temas (bueno más que un poco), aunque no soy ninguna experta, pero en este primer artículo quiero hacer algunas reflexiones o dar algunos consejos que creo que pueden ser útiles sobre los perfiles en las redes de “ligoteo” virtual.
1.- Importante: poner foto. Hay personas que prefieren no poner foto por si alguien les reconoce. Pero creo que todos tenemos amigos, compañeros de trabajo, familiares etc. y que yo sepa, hasta ahora ligar ni es delito ni es algo malo.
Y no una sola foto, varias, que se te vea bien, de cuerpo entero, de cara etc. Es importante que no sea una foto de cuando tenías 20 años (salvo que los tengas ahora), porque la finalidad es conocerse y la verdad saldrá a la luz. Y por favor, por favor, os lo ruego (y esto ya es una opinión personal) los selfies en el baño: ¡NO! Y menos con la tapa del váter abierta.
Otra cosa a tener en cuenta es que estas aplicaciones son de personas, no de animales, ni de paisajes, por lo que son personas (nosotros) los que tenemos que aparecer en las fotos.
2.- No mentir con la edad. Como decía antes, la verdad sale siempre a la luz. A mí en una primera cita me dijeron: “Tengo algo que contarte, tengo 51 años en lugar de 41, no quieres tener hijos ¿verdad? Es que yo no puedo porque me hicieron una vasectomía”. Mi mirada ojiplática no fue suficiente y me siguió escribiendo tras esa primera cita… hasta que se dio cuenta de que no era oportuno.
3.- Haz una buena descripción de ti mismo. Todos somos simpáticos, amigos de nuestros amigos, por lo tanto tienes que ser un poco original. Lo preocupante es que no fuéramos simpáticos o amigos de nuestros amigos, eso se da por hecho.
Hay que incluir una descripción mínimamente original y ni muy corta ni muy larga. Piensa en lo que te gusta, en lo que sueñas, en lo que te hace disfrutar.
4.- Cuidado con las faltas de ortografía en las descripciones. Quedan fatal y en mi opinión denotan descuido y falta de interés. Y particularmente las abreviaturas no me gusta: K tal?, Wapa, Hl etc. etc.
5.- No a los perfiles vacíos. Esos son para descartarlos inmediatamente. Si no tienes nada que decir sobre ti mismo, no esperes que los demás vayan a descubrirlo.

Y por último, una pequeña reflexión para las mujeres: El Príncipe azul no existe, como leí hace poco en internet: aprieta el cuello a tu príncipe para que se ponga azul. ¡Me encantó! Me imaginé a un montón de locas estrangulando a sus respectivos novios/parejas.

El estropajo fiel

Todo había comenzado hacía unos días, cuando el estropajo sintió resecarse su esponja y arrugarse su lado verde. En su cama de porcelana blanca con perfectos agujeros redondos para desaguar, una noche se preocupó al ver que María no regresaba a casa. ¿Qué habrá ocurrido? Se preguntó mientras sentía entre los minúsculos agujeros de su esponja como resbalaba una gota de agua y detergente.
Adoraba a María. Recordaba el día en que ella le compró y le sacó de una aburrida balda de metal, pagó por él y le ayudó a salir de aquel agobiante celofán. Lo impregnó de Fairy y lucharon juntos contra la grasa más incrustada y negra. Él era una prolongación de la mano de ella, eran todo uno, como un brazo terminado en esponja o en estropajo. Amarillo y suave o verde y rugoso, vestido para la ocasión.
María y él habían compartido tantas noches de interminables lavados de platos, vasos, sartenes, tenedores, cuchillos. El estropajo fiel se enroscaba sobre sí mismo en la mano de María para tener más fuerza contra la grasa. Sí, él era el mejor, lo sabía. Tenía clase.
Tras un par de días sin tocar un plato, el estropajo notó que se resecaba irremediablemente y decidió salir de su cama de porcelana a buscar su lugar, a buscarla a ella.
Se deslizó por la encimera de la cocina por su lado amarillo, cogió impulso aprovechando la última gota de jabón y se lanzó al vacío. Aunque cayó en el suelo suavemente, rebotó un par de veces debido a su reducido peso, hasta que se quedó parado en su esponjosa rectitud. Resbaló por el suelo y se aplastó todo lo que pudo para pasar por debajo de la puerta de la cocina que daba al jardín delantero.
– ¡Eh tu! ¿Dónde vas?
– ¿Y tú quién eres?
– Soy una bayeta o es que no lo ves. ¡Los estropajos sois tan snobs!
– Oye, no te ofendas, sólo preguntaba quién eres, no qué eres, eso es evidente. ¡Las bayetas sois unas chulas!
El estropajo fiel sabía que las bayetas siempre eran unas bordes, se sentían inferiores porque solían limpiar después de los estropajos, siempre a la cola.
– ¿Y se puede saber qué quieres?
– Simplemente preguntaba donde ibas, a lo mejor me voy contigo. Dijo la bayeta, retorciéndose coquetamente.
– ¿Y si no quiero?
– ¿Por qué no ibas a querer? Nos complementamos, ¿No lo ves? Yo absorbo el exceso de humedad que tú dejas.
– ¡Qué falacia! ¡Jamás he dejado un exceso de agua! ¡Soy un estropajo de nivel! ¡Mi esponja lo absorbe todo!
– Bueno, bueno, no cambies de tema y dime dónde vas.
– Vale… Me estoy resecando y quiero ir a buscar a María. La echo de menos.
– Pues me voy contigo, necesito airearme, empiezo a oler algo a moho.
– Vale, vente, pero no te acerques demasiado.
La bayeta se sintió secretamente atraída por aquel estropajo algo antipático. Si se juntaba con el estropajo ¿Tendrían “nanas”? ¡Qué monos, tan redonditos y con esos rizos!
Estropajo y bayeta atravesaron el jardín no sin dificultades, porque la bayeta se enganchaba con las ramas, las hojas, las piedras y el estropajo tuvo que ayudarla. El sol abrasador resecó la esponja del estropajo y se curvo con un tremendo dolor de lomo. La bayeta parecía una hoja de papel arrugado.
Al llegar al borde del jardín un dálmata pasó por allí, olisqueó al estropajo y al oler a limpio, meó sobre él.
– Noooo … ¡Ooh Dios mío! ¡Qué voy a hacer para quitarme este terrible olor a orín!
– Tranquilo, allí hay una manguera negra de la que sale mucha agua. ¡Corre y nos mojamos!
Bayeta y estropajo corrieron, aunque debido a la sequedad se movían de una forma rara. Al llegar a la manguera, retozaron bajo el agua, la bayeta languideció de placer, el estropajo se sintió pletórico y su esponja se hinchó soltando espuma blanca.
El agua se cortó de golpe y decidieron continuar el camino. Cruzaron la calle y en el buzón vieron dos nombres: María González y Pedro Sánchez.
El estropajo sonrió y la bayeta le odió secretamente. Sus fibras nunca lo admitirían pero estaba celosa.
Se acercaron a la puerta, la bayeta pasó por debajo y tiro del estropajo.
Al arrastrarse por la cocina se les abrieron las fibras al ver un aparato gigante, blanco, cuadrado, con luces.
– ¿Qué es eso? Jamás lo he visto.
– Yo tampoco, vamos a ver.
Y en el momento en que se acercaban a aquél extraño aparato, entró María en la cocina.
– ¡Cariño! ¿Has vaciado el lavavajillas?
No se escuchó respuesta alguna sólo el sonido sordo de una pequeña gota salada que se deslizaba por la esponja del estropajo cuando vio que María abrió el extraño aparato luminoso, y en aquel cuadrado se guardaban todos los planos, vasos, sartenes y cubiertos, perfectamente limpios y colocados.
– ¡Ya no me quiere! ¡Me ha traicionado!
– Tranquilo no pasa nada, seguro que te sigue necesitando.
– ¡No! ¡Por eso se fue y me abandonó! ¡Ya no me necesita!
Y la bayeta sacó al estropajo de aquella ingrata cocina y se escondieron detrás del lavabo de un baño de la planta baja de la casa.
El estropajo lloró y lloró, lágrimas de espuma verde. La bayeta se las secó con espumoso cariño. Y tanto roce de fibras junto al recuerdo de aquella ducha bajo la manguera, les unió en un singular duo amarillo y verde.
Mezclaron sus partes más suaves y al poco tiempo nació el primer “nanas”. Era tan pequeño, redondito y con aquellos rizos.

Nanas
Pronto fueron familia numerosa y tuvieron que trasladarse. Abandonaron la casa de María y Pedro y se fueron a la casa del vecino. Afortunadamente el vecino no tenía aquella máquina infernal y el estropajo fiel volvió a retorcerse y a frotar con fuerza.
Eran un equipo perfecto, el estropajo frotaba y la bayeta secaba.
Pero un día llegó un camión a la puerta del chalet y sacaron una gran caja con un letrero: Fagor.

El disfraz de un hasta ahora

Me rompí una pierna, un brazo, una vida y una cabeza llena de ideas que se esparcieron como un reguero de sangre seca.
Me rompí en el momento en que dijiste adiós pero lo disfrazaste de un hasta ahora. Comenzó con un papel rojo de mil esquinas que se estremeció y se arrugó. Tuve miedo. Y tu adiós con su disfraz avanzó y me rompí un brazo porque no podía despedirte. Mi vida se rompió y ya no tienes esquinas sino venas en el suelo que con su líquido diluyen lo que fui. Mi cabeza rompió un cráneo blanco en millones de trozos que taladraron mis ideas. Y me rompí entera hasta el adiós.

Insomnio, mallas azules y gays

– Papá, mamá soy lesbiana.
Joder, tanto ensayo y sigue sonando raro.
– Papá, mamá me molan las tías.
Tampoco es del todo exacto.
– Papá, mamá me acuesto con tías.
Sí, eso es más preciso, pero el impacto en mis padres va a ser brutal. Con mi madre tengo más confianza, aunque tiene una ingenuidad extrema. Probablemente esos cien años durmiendo, le han afectado al cerebro. Ella ahora nunca duerme, quizás esa sobredosis de sueño la dejó tocada y ahora vive un eterno insomnio viendo los programas de la tele tienda de madrugada.
Mi padre también es bastante raro, se pasea por casa con unas mallas y una camiseta de tirantes azul eléctrico y recitando poesías bastante cursis.
Con esta familia tan extraña, las cenas y comidas familiares son patéticas. Mi madre con cara de ida, mi padre con pinta de viejo julandrón salido, mi hermano con los ojos rojos, todos sentados en la mesa de la cocina con un hule verde, y los vasos y platos de duralex, y siempre en la mesa las eternas perdices, perdices asadas, perdices escabechadas, perdices al limón, sopa de perdices, huevos con perdices, ensalada de perdices. Por Dios, ¿Es que no saben cocinar otra cosa? ¡Estoy harta de las putas perdices!
A lo mejor para contarles lo de que me acuesto con tías, es mejor chivarme antes de que mi hermano Juan fuma porros, luego dejaré una pausa dramática, y a continuación soltaré el notición. Sí, no es mala idea. Sé que mi madre va a alucinar, pero joder, ella se acuesta con un tío con mallas azules. Definitivamente eso es peor.
Siempre me he preguntado cómo se conocieron mis padres, porque cada vez que lo pregunto, me cuentan una historia totalmente inverosímil, de un castillo donde vivía mi madre, que un día se quedó dormida porque se pinchó con algo, durmió cien años y después llegó mi padre con sus mallas azules y la despertó.
La historia es penosa, porque tanto castillo y ahora vivimos cuatro personas en un cuchitril de 50 metros en Lavapiés. Mi padre es el portero de la finca, se quita las mallas y se pone un mono azul. Mi madre yo creo que es puta (aunque ella dice que trabaja de camarera en un bar) porque siempre sale de casa por la noche muy maquillada y con una falta muy corta, y vuelve de madrugada. Además cuando mi madre llega a casa, siempre discute con mi padre y se dicen cosas horribles como “Eres una puta”, “Y tu un cabrón”, así que me pongo los casos con Metallica a todo volumen.
A lo mejor mis padres sospechan algo, porque siempre estoy con mi amiga Clara, que parece un tío, y es mi novia. Les digo a mis padres que vamos a estudiar y nos encerramos en mi habitación. Creo que voy a suspender todo, el sexo con Clara me mola más.
Hoy ha sido un día raro. Mi padre andaba triste por casa, como alma en pena, se ha pasado la tarde viendo Sálvame con una cerveza en la mano. A la hora de la cena, nos hemos sentado todos en la mesa de la cocina y mi madre ha traído las malditas perdices, otra vez asadas. Mi padre, sin venir a cuento y evidentemente nervioso, se ha levantado y ha dicho:
– Tengo algo que deciros.
Hemos flipado todos bastante. Y mi madre ha dicho:
– Cariño, cuéntanos de qué se trata. – Su voz sonaba tensa y me ha dado miedo.
– Hace tiempo que me siento diferente.
– ¿A qué te refieres cariño?
– Creo que ya no me gustan las mismas cosas o las mismas personas que antes.
– ¡Qué cojones quieres decir! – Mi madre ya estaba histérica.
– Amor, no te enfades ha sido sin querer.
– ¡De qué coño estás hablando!
– Es que me he enamorado.
La cara de estúpido de mi padre no dejaba lugar a dudas, estaba diciendo la verdad.
– ¡Seguro que es la zorra esa de la vecina del cuarto, a la que recoges la basura y te pone ojitos!
– Que va, es otra persona.
– ¡Juanito, por Dios, habla de una vez!
– Me he enamorado de Johny.
– ¿Qué? ¿El marica ese del gimnasio al que vas? ¡Joder, cómo puedes ser tan hortera!
¿Dios mío, mi madre no había visto las mallas elásticas y las camisetas de tirantes de su querido Juanito?
– Sí, él me trata con dulzura, no como tú, que eres una maleducada y una borde.
– ¡Y tú eres un maldito gilipollas! ¡Y ahora maricón!
– Mamá, papá, soy lesbiana, me molan las tías, me acuesto con tías, Clara es mi novia, Juan fuma porros y voy a suspender todo.
– Sí, hija sí, pero ten cuidado.
– ¡Vete de casa hoy mismo Juanito, o no respondo de mí! – Y mi padre se ha marchado con su maleta llena de ropa de licra azul a vivir su gimnástica pasión.

Mi madre se ha ido a dormir, y no ha salido de su habitación en tres días. ¿Se habrá pinchado con algo? A lo mejor se ha quedado dormida. Pues como duerma otros cien años, la palmamos todos antes de que despierte.
Pero ahora soy libre.